lunes, 21 de diciembre de 2020


Hay más fútbol en un amago con la cadera de Luka Modric que en los 90 minutos de muchos partidos de la Liga. El croata honra el balón sin necesidad de tocarlo, porque el fútbol se piensa más que se juega y mientras el resto del mundo batalla -guste o no, a eso se va a Ipurua-, él danza sobre las brasas de la feroz contienda que, como siempre, propone el Eibar. Y cuando encuentra a Karim Benzema, alguien que como él entiende la guerra como un contexto y no como un fin, el Madrid se eleva sobre sí mismo para ser lo que la historia y la heráldica le obligan a ser. [Narración y estadísticas (1-3)]

Su propio estado físico es lo único capaz de limitar el prodigioso fútbol de Modric. Anoche aguantó una hora, más con suficiente. Ya con 35 años, ha recuperado una plenitud que el sentido común sugería agotada para siempre, poniéndola al servicio de un Real Madrid necesitado de su clarividencia y su argamasa para activar al fin la velocidad de crucero que se le ha resistido en estos tres meses iniciales de competición. Con su victoria anoche en Ipurua, de seda pero también de estiba, ya son cinco triunfos seguidos de los de Zidane, una base aparentemente sólida sobre la que construir un invierno más provechoso que el titubeante otoño que hoy termina.

Acaso se le pueda reprochar al Madrid lo de casi siempre, su falta de pegada y puntería con la que sacar provecho a todo su caudal ofensivo. No le hizo falta frente a un Eibar al que pudo masacrar en la media hora inicial y que después se le intentó subir a las barbas. Hace ya dos cursos que el conjunto blanco aprendió a base de palos que en Ipurua el escudo no gana partidos. Tras aquel durísimo 3-0 matutino, llegó el curso pasado un 0-4 y anoche un nuevo triunfo.

El boquete del talento

Sabe bien Zidane que enfrentarse a un equipo de Mendilibar es como sumergirse en una selva infestada de cobras, que responden al movimiento ajeno mordiendo al instante. Cuando un jugador del Madrid tenía el balón, lo hacía sabiendo que no iba a tener más de un segundo de margen para decidir qué hacer con él. Un reto al que iban a poder responder los de Zidane, cuya virtud anoche fue mentalizar a sus jugadores de lo que les esperaba, si es que alguno lo ignoraba. A nadie se le puede reprochar que ahorrara una sola carrera y eso es siempre una noticia de portada en un equipo de frac como el blanco.

A partir de ahí, fue el talento el que le hizo un boquete al encuentro. El primer cuarto de hora del Madrid fue una soberbia exhibición de fútbol comandada por Modric. A los seis minutos, condujo con determinación un contragolpe que Rodrygo abrillantó con un pase pica hacia Benzema, que marcó el primero tras un exquisito control. Poco después, el croata trató de repetir la jugada, pero Lucas Vázquez sólo pudo sacar un córner. Y antes de llegar al minuto 13, coronó su excelso comienzo del encuentro con un gol casi desde el punto de penalti, después de que Benzema bailara sobre la línea de fondo.

La mano de Ramos

El Madrid era un ciclón arrasador y bello a su vez, sacando provecho de todos los riesgos que asume el Eibar cada vez que se calza las botas, incrementados esta vez por los remiendos defensivos que tuvo que hacer Mendilibar por las numerosas bajas que manejaba. A nadie habría extrañado que los de Zidane alcanzaran el descanso con cuatro o cinco goles -le anularon dos por fuera de juego-, pues dispuso de sobradas ocasiones para ello, pero lo que ocurrió en su lugar es que el Eibar recortó distancias, gracias a precioso disparo a la escuadra de Kike García.

Los verdaderos ahogos le sobrevinieron al Madrid tras el descanso, cuando el cansancio comenzó a limitar a Modric y a espolear a un Eibar que no tenía nada que perder y al que su maldición en Ipurua -no ha ganado como local este curso- se le empieza a hacer insoportable. A base de reventar el contador de revoluciones, los de Mendilibar propusieron un intercambio de golpes que a ratos escapó al control del Madrid, fuera por falta de fuelle o de templanza. Posiblemente de ambas.

Una mano de Ramos en el área que ni el árbitro ni el VAR creyeron punible añadió mayor picante a los minutos finales, en los que el Madrid se limitó a vivir de las rentas y a domar las ansias armeras de rebelión. Lucas Vázquez, ya en el descuento, las terminó de erradicar con el tercer gol. El Eibar tuvo más fe que los de Zidane, pero les faltó el talento. Construyeron y avivaron la hoguera, pero Modric bailó sobre ella.

 

 

 

CREDITOS A EL MUNDO.